El epílogo de ésta situación desesperada fue el hundimiento del Gran Continente, del cuyos habitantes sesenta millones murieron en el mar, algunos millares alcanzaron tierras elevadas al oeste en América formando los pueblos maya, azteca, tolteca, inca entre otros; parte de esa población alcanzó la región Norte del planeta, inhóspita y mas tarde transformada en una zona glacial por efecto del desvío del eje de la Tierra; otra parte se refugió en las colonias atlantes ya existentes al Este, y la última parte, la mas sana, se salvó en la provincia oriental del continente, que no se hundió y vino a formar la Pequeña Atlántida.
Durante el hundimiento del Gran Continente un enorme cometa entró a la atmósfera del planeta provocando erupciones volcánicas, incendios, maremotos y atrayendo la masa oceánica de agua a centenares de metros de altura sobre el nivel normal. Este suceso queda constatado según la tradición egipcia y griega antiguas.
El cataclismo atlante alcanzó también la parte Sur del continente americano provocando el levantamiento de la Cordillera de los Andes y otras superficies, como lo demuestran las ruinas de ciudades tales como la de Tiuanaco, que aún hoy exiten puntos casi inaccesibles de la cordillera, en el Perú y en Bolivia.
Sin duda que la aproximación de cualquier astro puede producir catástrofes y, de acuerdo a cálculos de autores respetables, basta que un cometa se aproxime a menos de cinco mil kilómetros de la superficie de la Tierra para vaciar los oceános y proyectar las aguas sobre las tierras en ondulaciones de cuatro mil metros de altura, mismas que bastan para cubrir montañas.
Por otro lado, la corteza de la Tierra es extremadamente delgada, no pasando de sesenta kilómetros de espesor, lo que corresponde a un centésimo del radio terrestre. Mantenidas las debidas proporciones, la corteza se compara a una ténue cáscara de huevo siendo, por tanto, susceptible de romperse con la caída en su superficie de partículas cósmicas que periódicamente se proyectan sobre ella, muchas veces abriendo cráteres enormes de centenas de metros de diámetro y profundidad.
En la Atlántida, en dos ocasiones, fue eso lo que aconteció, esto es, esas dos clases de fenómenos produjeron cataclismos fatales, pero no por casualidad como es obvio, sino con la programación del Plan Director Cósmico, incluyendo el hundimiento del continente y el exterminio de gran parte de aquella humanidad.
Ejecutado el plan, pues, primero el hundimiento y localizados los seres remanentes en los puntos a los que nos referimos, el tiempo transcurrió y la vida retornó a su curso apagándose los recuerdos, las emociones y el terror colectivo generado por la catástrofe. La Pequeña Atlántida sobreviviente floreció y a su vez se tornó el hábitat del mismo pueblo, que se rehizo como nación tornándose también poderoso e influyente en el mundo de su tiempo.
Varios milenios habían pasado desde el hundimiento del Gran Continente y en la Pequeña Atlántida la vida se tornó, al poco tiempo, una reproducción exacta de lo que fuera la antigua nación: el mismo pueblo, los mismos vicios, los mismos instintos de violencia y dominación, las mismas mortales ambiciones de dominio material, todo presagiaba, en consecuencia, el mismo doloroso fin.
De ese fin nuevamente una pequeña parte de la población fue salvada, entre ella la comunidad del Monasterio de Astlan, el templo mas famoso y respetado del país, con sus sacerdotes de diferentes grados, discípulos, iniciados y siervos. Les competía a ellos preservar el patrimonio espiritual recibido y cultivado por los ancestros; la herencia del Señor para hacer transmitida a otros seres humanos, otros pueblos, otras razas, en otros lugares del mundo.
Los sacerdotes percibieron extraños fenómenos en el cielo, por ejemplo, un pequeño astro de los más cercanos y que servía de satélite comenzó a aumentar de brillo de manera inexplicable, al mismo tiempo que ocurrían temblores de tierra en varios puntos del continente.
Las lluvias fueron disminuyendo y el calor aumentando, iniciándose un período terrible de secas. El gran río que atravezaba la región de Norte a Sur fue disminuyendo rápidamente de volumen y fuertes vientos soplaban viniendo del Suroeste y levantando detritos y cubriendo varias áreas como una nevada cerrada de polvo quemante.
El suelo estaba agrietado en varios lugares y de las grietas abismales salían vapores espesos y sofocantes que se levantaban hacia el cielo, tornándolo cada vez más bajo, aumentando así enormente el peso de la atmósfera, haciendo que la respiración sea más difícil y angustiante; y el polvo quemante y caliente entraba por la nariz y boca matando por asfixia.
Tempestades llenas de relámpagos golpeaban la Tierra de manera súbita; lluvias torrenciales acarreaban de la atmósfera toneladas de detritos y polvo volcánicos proyectándolos sobre los campos y ciudades formando una lama repugnante y mortífera que, en algunos lugares, alcanzaba varios metros de altura y una extensión de varios kilómetros.
Surgió en el cielo un cometa que se aproximaba y crecía en volumen y brillo con extrema rapidez; surgió en la constelación de Cancer y a los pocos días ocupaba más de la mitad del cielo, llenándolo de un fuego resplandeciente, mientras que el astro satélite, que había desaparecido, explotó en el espacio proyectando enormes fragmentos sobre la tierra y el mar. A medida que el cometa crecía, el océano quedaba cada vez más elevado, pareciendo saltar del lecho inmenso precipitándose en monstruosas olas sobre las escarpas más altas, cubriendo todo lo que encontraba a su paso.
Así, el recurso de la pesca también desapareció por la furia ininterrumpida de las aguas, y el hambre llevaba a los hombres a cavar el suelo en lugares más apartados, donde los árboles aún no se habían secado, para comerse las raíces, puesto que ya eran indiferentes a los animales feroces que corrían por los prados y selvas deshojadas.
Y, por fin, desvariados, disputaban también ferozmente entre sí, matándose unos a otros en las calles y en las casas para saciar el hambre.
Pero aún estaba lejos la solución a tanta calamidad; en toda la vasta región asolada, deshechos los lazos de disciplina, del orden y de la autoridad del gobierno, una completa anarquía empezó a reinar, el más terrible sálvese quien pudiera. Y las ciudades se despoblaron y los campos quedaron destruídos por la furia de las multitudes desesperadas y hambrientas.
Todavía en toda la gran región existía aún un refugio, el Monasterio de Astlan que se mantenía en pie y funcionando más o menos como de costumbre, atendiendo a todos dentro de los límites de lo posible, ofreciendo consuelo, orientación y consejos sensatos y viables, llamando la atención hacia el significado espiritual y punitivo de los acontecimientos, y recomendando el abandono de los falsos dioses, para regresar hacia el Dios Supremo, cuya misericordia era infinita.
Sesenta días antes, cuando esos acontecimientos entraron en su fase más grave, los sacerdotes y demás miembros de esa comunidad se reunieron bajo la orientación de Morevana, señor del templo, y Astério, el jefe supremo de la comunidad religiosa y cuya vida, en aquellos días tristes, era la de un nómada, recorriendo incesantemente el país de extremo a extremo para orientar el sacerdocio y al pueblo sobre el culto verdadero que en los últimos tiempos se estaba extinguiendo en los tortuosos, sombríos e impuros cultos malditos.
Cerca de doscientos hombres en siete barcos recibieron órdenes de partir, llevando los manuscritos del monasterio; preciosos documentos grabados en láminas de orialco, material amarillo semejante al oro y de muchos y variados usos entre los atlantes. Estos manuscritos contenían el resumen de los conocimientos de las cosas sagradas: el orígen del hombre, la historia de la Cuarta Raza y de los siete pueblos que la formaban; las reglas y ritos del culto atlante para el intercambio con el mundo espiritual, la fundición de metales y la fabricación de objetos de uso; la construcción de naves para grandes y pequeñas rutas; el levantamiento de edificios y monumentos; el sistema de comunicaciones rápidas entre lugares distantes; el movimiento de los astros, sus conjunciones y efectos en la vida humana; en fin, todos los conocimientos incorporados hasta aquel momento por la humanidad terrestre y que así sobrevivian a la extinción de la Cuarta Raza.
Navegaron durante mucho tiempo, bajo grandes dificultades y aparentemente sin destino hasta que guiados por lo Alto llegaron a una playa; estaban así transplantando en tierras nuevas los conocimientos y tradiciones incorporados por la Quinta Raza, que en la continuidad evolutiva de la civilización planetaria deberían ser heredados por los seres humanos de la Quinta Raza.
Fundaron ahí la colonia de Nueva Esperanza y los años pasaron…muchos de ellos de progreso y luchas.
Y las noticias de aquellos progresos corrieron y visitantes fueron llegando de colonias atlantes perdidas por aquellos desiertos y que día a día hacían parte de la población; y la colonia creció de una manera increiblemente rápida, expandiéndose, y al poco tiempo, era como una ciudad llena de gente, de movimiento y de vida.
Por el mar, de vez en cuando, llegaban barcos y todos demostraban su espanto por encontrar de manera imprevista una verdadera ciudad atlante, habitada por seres humanos de su raza y que como ellos mismos sobrevivieran a los cataclismos y que perpetuaban las tradiciones, creencias y costumbres de la antigua Poseidonis -capital de la Pequeña Atlántida, ya desaparecida.
En escuelas adecuadas, los jóvenes eran educados en el culto al amor y a la belleza, para que fueran artistas y poetas; recibían esmerada instrucción religiosa transmitida por los sucesores de los sacerdotes heróicos que vinieron como la primera parte; eran semillas de una raza nueva, fuerte y sabia, defensora de una herencia cultural y religiosa, destinada a formar una nueva civilización.
Legiones de guerreros adiestrados en los más sanos deportes, disciplinados y bien armados, defendían la comunidad, luchando contra enemigos deconocidos, que varias veces atacaban.
Y fue así que la civilización atlante se preservó ahí, junto al Monte de las Abejas, en Arcadia, y se difundió por el Mediterráneo y avanzó hacia la Mesopotamia, donde quiera se fundaron colonias nuevas que dieron orígen a los diversos pueblos de la civilización antigua, a los griegos, egipcios, arcadios, y más tarde a los etruscos, judeos, caldeos, asirios y tantos otros que la historia registra.