Videncia - Me vi en un Templo Chino.
Ante mí, una inmensa y dorada estatua de Buda que cubría prácticamente toda la pared. Delante, bajando un escalón había un pedestal y sobre él una bola de cristal. Al lado, sonriendo inocentemente, un viejecito chino vistiendo un manto amarillo me llamaba para que observase el cristal.
Sentí miedo, reconocía el lugar y al viejecito, pero la memoria no me indicaba de dónde. Llegó el mensaje en forma de lección:
Serenidad es no perder de vista el equilibrio interior.
Donde los cúmulos de insensatez se aglutinen, que se disuelvan con el uso de la meditación.
Donde as olas revoltosas de rabia se agiten, que se calmen con pensamientos de ternura.
Donde el tóxico de la tristeza se esparce, libérese abriendo las ventanas del alma a la esperanza.
Donde los obstáculos obliguen a cambiar el rumbo respecto a la meta, se movilicen las fuertes cuerdas de la paciencia y la resignación para removerlos.
Cualesquiera que sean las tempestades, exteriores o interiores, el ancla segura será siempre aquella donde vive la fe en la inmortalidad del alma.
Somos seres viajeros del espacio, temporalmente atracados aquí, pero con una nueva ruta trazada para los viajes futuros, según lo que realicemos en los viajes anteriores.
Perder la serenidad es desgobernar la barca de la vida, que fuera de rumbo puede acabar en penosos bancos de arena, demorando en dar continuidad al viaje.
El amor es la conquista que comienza por el dominio de uno mismo, situándose cada uno en el campo de su serenidad personal.
Lee Em Ching
Como el anciano me parecía familiar, le pregunté:
P - ¿Quién eres?
R - ¿No me recuerdas, discípula?
Y haciendo algo, me hizo ver que fui una niña en China, repudiada por la familia a los dos años. Vivía en las calles y estaba destinada a morir. Este señor, pasó por el lugar y al verme me recogió en el Monasterio y me trató como una hija. Crecí rodeada de amor y preciosas enseñanzas.
Me convertí en una bella joven y repartía mi tiempo entre los estudios y las tareas de colaboración en el Monasterio. El ambiente era muy sano y éramos felices.
Acontece que apareció en el Monasterio un joven forastero. Fue acogido por los monjes con fraternidad; pero éste me sedujo y cedí a la pasión. Huí con él, abandonando a mi protector y amigo que se quedó disgustado y con añoranza de mí.
¿Cuántos siglos han pasado hasta que conseguí aprender acerca de la gratitud, la fidelidad y el amor? ¿Será que he aprendido?
Perdóname padrecito, debí haberte amparado en tu vejez, pero te di la espalda. Perdón.
Él continuó:
El agua toma el gusto del frasco que la contiene.
Los mensajes reciben la carga de energía de la mente por donde circula.
Lee Em Ching
GESH - 12/04/2013 - Vitória, ES - Brasil