Durante mucho tiempo vagué por los rincones de lo invisible en busca de presas para saciar mi vicio: ¡sangre!
La sangre fresca de las víctimas provocaba en mi cuerpo un frenesí, un éxtasis inexplicable. Bacanales, orgías, brutalidad y violencia, más sangre vertida para saciarnos.
Cuánto tiempo permanecí ajeno al "mundo normal", no sabría determinar: ¿Quinientos, seiscientos, mil años? El tiempo no pasó para mí, pues mi apariencia siempre era jovial una vez saciado y embriagado con la sangre de las víctimas.
No obstante, con la apariencia humana permanecimos poco tiempo, porque largas alas negras nos crecieron y enseguida se notó el aspecto de un murciélago.
No nos importaba, pues tomábamos la apariencia humana joven para atraer a nuestras víctimas.
Un día, sin embargo, una fuerte luz incidió sobre nosotros y nos paralizó. Éramos diez compañeros inseparables, ligados fuertemente por los vicios.
Fuimos separados. Me quedé solo.
Me sentí prisionero de una fuerza espectacular, que me dominaba sin herirme físicamente, sin luchar corporalmente.
Estaba prisionero en un lugar muy blanco, muy claro; había una claridad profunda, pero que no hería mis ojos ya acostumbrados a la oscuridad.
El tiempo y el espacio desaparecieron para mí. Sufrí atrozmente debido al vicio, pues necesitaba sangre. Enloquecí, quise arrancarme mi propia piel y lo hice, pero esta se reconstituía, inalterada.
Cierta vez, escuché una voz. No sé de dónde salía; hablaba dentro de mi cabeza:
¡"Feliciano, piensa en Dios. Piensa en Jesús, nuestro Redentor"!
Me reía a carcajadas, decía improperios, aullaba como un loco.
¡Todo eso duró para mí una eternidad!
Un día, cuando ya ni sabía de mi propia existencia, pues estaba derrotado, enloquecido, prostrado, entre crisis de locura, una imagen fue proyectada en aquel lugar sin paredes, y al mismo tiempo era mi celda.
La imagen proyectada era la de una cruz en lo alto de un "morro" sobre la que estaba clavado un hombre. Me levante para mirar, sin comprender del todo la visión.
La imagen se acercó y vi la escena de cuando sacaron al hombre de la cruz, siendo llevado por hombres y mujeres entre llantos. El hombre fue colocado en un sepulcro y la puerta fue cerrada.
Nuevamente se quedó todo en blanco, pero las imágenes quedaron grabadas en mi mente, y ahora ocupan mucho espacio en mis pensamientos.
El tiempo para mí siempre se hace largo. Después de no sé cuánto tiempo, la pantalla se encendió de nuevo.
Surgió un hombre caminante, sonriente. Era el Crucificado. Me miró y parecía verme.
Cuando nuestras miradas coincidieron, perdí el sentido.
Vislumbré en aquella mirada mi historia. Pasaba en mi mente como en un filme, claro y nítido.
Antes de ser vampiro fui un hombre común que al ser profundamente ofendido, sin saber perdonar, se decidió por el odio y la venganza, tomando los caminos tortuosos de la caída moral.
Cuando desperté tras el desmayo, la dulce mirada aún me acompañaba, claro, complaciente y suave. Me conquistó sin juzgarme.
¡Nuevamente deseé ser un hombre normal, tener una apariencia humana!
A partir de aquel día, comenzó mi tratamiento para regresar a la Casa del Padre.
Hoy sé que aquel hombre era Jesús. Mantengo viva Su Presencia dentro de mí, para seguir adelante sin desistir.
Seré exiliado en breve, pero no tengo miedo.
Apenas tengo miedo de caer de nuevo en la degradación moral.
Sin embargo, los Instructores me dicen:
¡"Feliciano, con Jesús en el corazón alcanzarás las alturas"!
¡Gracias mi Jesús Adorado!!
Feliciano
Ex-Vampiro
GESH - 08/11/2013 - Vitória, ES - Brasil